
Diecisiete años. Esa es la condena que les han impuesto. Eso cuesta la vida de una persona. Y su dignidad.
Diecisiete años son los que tenía el angelito de empapó de disolvente a una mujer aterrorizada, acorralada como un animal herido en una esquina de un cajero automático, después de ser golpeada y vejada. Justo antes de lanzarle un cigarrillo encendido.
¿Qué tipo de monstruo hace eso? ¿Qué sentimientos tiene? ¿Tiene alguno?
Si lo normal cuando ves a alguien tambalearse es echar la mano de manera instintiva, automática, para evitarle una caida ¿qué lleva a alguien a golpear a un ser humano que no conoce? Me refiero a que no puede odiarle, es imposible, no le ha dado tiempo. No es que justifique la violencia con los que odiamos, pero al menos es un móvil, una razón. Pero sin conocerla de nada... solo se me ocurre una explicación: maldad. Maldad en estado puro. Placer en el sufrimiento de otro. La más absoluta falta de empatía.
A lo mejor es que estoy un poco cansada o un poco pesimista, pero creo que eso no se aprende ni se corrige. Alguien tan falto de sentimientos, incapaz de conmoverse, o por lo menos de reaccionar ante los gritos y el sufrimiento atroz de una persona que se quema viva, seguirá siendo malo, intrínsecamente malo cuando salga de la cárcel, que me imagino que no será dentro de diecisiete años, sino bastante antes.
Diecisiete años. Si, por el asesinato. Pero yo les añadiría otros diecisiete. Por hijos de puta.







